Me quedé pensando unos minutos, antes de atreverme a pasar. Finalmente, mi instinto me ayudó a armarme de valor y entrar en aquel lugar.
Pero, en cuanto puse el pié, note que en ese lugar no había suelo. Retiré rápidamente la pierna, por temor a que me cayera en un abismo, y después volví a cerrar, aunque, sin utilizar la llave. De alguna manera, sabía que volvería a entrar.
Me agaché y me senté en el suelo de aquel lugar. Estaba frío y húmedo, como en cualquier película de terror. Cerré los ojos y visualicé el rostro de Mark, mi mejor amigo. No se como ni porque, pero no pude pensar en otra cosa que en su espíritu aventurero. Pensé unos minutos, y finalmente, me levanté y abrí la puerta.
-Que pena que Mark no esté aquí. Esto le encantaría, seguro...- Dije, intentado animarme un poco.
Ahora, me dirigía a entrar en un lugar en el que ni siquiera podías sostenerte. Pero algo me decía, que seguramente ese lugar me gustaría. Y sin pensarlo dos veces, entre en lo que denominé, La Cueva.
domingo, 3 de octubre de 2010
viernes, 1 de octubre de 2010
Sentimientos
-¿Que es la luna?- Pregunto el hijo a su padre
-Es un satélite, nada más.- Respondió este muy seco.
-¿Y por qué es tan bonita, desprende tanta luz, y me anima tanto?- Volvió a preguntar el joven.
El padre del chico no sabía que responderle. Como matemático famoso que era, nunca había sentido otro sentimiento que no estuviera relacionado con los números y las fracciones. Siempre se regía por un horario calculado a la perfección, y jamás había cambiado ni el mas mínimo minuto.
Aquella pregunta le desconcertó. ¿Que sentiría alguien que mire la luna con un corazon de verdad, vacío de números y raíces cuadradas?¿Sentiría aquel hombre, frío y distante, aquel sentimiento alguna vez?. Pero lo que mas le desconcertó no fue esa pregunta, sino quié había formulado la cuestión: su hijo.
Eran los dos iguales en el físico: morenos, con ojos marrones, narices chatas, altos... lo tenían todo en común menos una cosa: el corazón.
-Es un satélite, nada más.- Respondió este muy seco.
-¿Y por qué es tan bonita, desprende tanta luz, y me anima tanto?- Volvió a preguntar el joven.
El padre del chico no sabía que responderle. Como matemático famoso que era, nunca había sentido otro sentimiento que no estuviera relacionado con los números y las fracciones. Siempre se regía por un horario calculado a la perfección, y jamás había cambiado ni el mas mínimo minuto.
Aquella pregunta le desconcertó. ¿Que sentiría alguien que mire la luna con un corazon de verdad, vacío de números y raíces cuadradas?¿Sentiría aquel hombre, frío y distante, aquel sentimiento alguna vez?. Pero lo que mas le desconcertó no fue esa pregunta, sino quié había formulado la cuestión: su hijo.
Eran los dos iguales en el físico: morenos, con ojos marrones, narices chatas, altos... lo tenían todo en común menos una cosa: el corazón.
Continuará
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
